¿El final está cercano?

La lenta extinción de los sensei japoneses tradicionales en Estados Unidos

Por Ray Hughes

La organización japonesa de karate a la que pertenecí los primeros 25 años de mi carrera recientemente finalizó. Luego de 50 años de vida, y habiendo sido alguna vez una organización muy grande, las puertas se han cerrado. Padeció de un declive importante por décadas.

Actualmente hay otras grandes organizaciones de karate que están colapsando de la misma manera, pronto se habrán ido o se convertirán en algo completamente diferente. La pregunta es: ¿Por qué estos imperios del karate están colapsando en los Estados Unidos?

Solo puedo brindar mi perspectiva como estudiante estadounidense que entrenó, experimentó y observó el fenómeno por casi cuatro décadas. Con esta observación y entendimiento quizás se puedan evitar ciertos errores en el futuro.

El desastre inminente nunca fue previsto por los japoneses o por los mismos estadounidenses que comenzaban a integrar la comunidad karateka. En retrospectiva se ve muy evidente; jóvenes japoneses vinieron a Estados Unidos con muy poca experiencia de vida, un malentendido método cultural de enseñanza, posiblemente negativo debido a los sentimientos que provocó la Segunda Guerra Mundial, y estudiantes estadounidenses listos para glorificar esta nueva experiencia.

Estos jóvenes instructores japoneses tenían muy poca experiencia, tanto de vida como enseñando karate, y fueron dejados solos en la tarea de trabajar con una cultura foránea. Adicionalmente no había mentores que los asistieran en su maduración o que les ofrecieran una guía en cuanto a como llevar adelante una organización y tener éxito en este nuevo país. Su única guía provino de Japón.

Esta inmadurez, por su juventud y falta de experiencia, cubierta por la estoica y carismática fachada japonesa, combinada con estudiantes que eran jóvenes, inocentes, impresionables y que se enamoraban fácilmente de la mística, preparó la tormenta perfecta. Esta combinación de elementos impactó enormemente a estos primeros instructores. Muchos de ellos comenzaron a sentirse superiores. ¿Qué joven constantemente venerado por la gente no se hubiera sentido así? Uno simplemente debe mirar alrededor a las jóvenes estrellas de rock o atletas famosos para ver qué puede pasar cuando alguien es tratado de ese modo en nuestra cultura.

Este sentimiento de superioridad tuvo un efecto negativo, haciendo que muchos de ellos se vuelvan duros y condescendientes. Justificaban su conducta con los protocolos tradicionales:”el sensei lo sabe todo y no debe ser cuestionado”. Quizás esta actitud vino de la influencia militar que recibieron artes marciales, quizás esta era la posición y actitud aceptable de un maestro dentro de la sociedad japonesa, o quizás era la percepción errónea de los estudiantes norteamericanos. No importa, aunque los estadounidenses inicialmente compraron este modelo, eventualmente les empezó a cobrar caro.

Las grietas se mostraron inmediatamente, aunque fueron ignoradas. Luego de la explosión inicial, empezaron a abandonar mas personas de las que se iniciaban. Se culpó de este cambio a los estadounidenses, alegando que eran muy débiles para entrenar, y muchos de nosotros lo creímos. El declive comenzó lento al principio, pero ganó velocidad rápidamente. Luego los mas dedicados al arte dejaron esta locura e iniciaron sus propios programas, aunque lamentablemente muchos de ellos aún no estaban preparados. El declive continuó y muchos de nosotros nos quedamos por varias razones. Mientras los principales estilos se expandían, el karate tradicional japonés se hundía. Siempre colocando la culpa de esto sobre la cultura estadounidense y no al modelo de enseñanza del sensei japonés.

Aunque algunos estudiantes estadounidenses pudieron resistir o incluso llegaron a disfrutar este sistema cultural, un vasto número de practicantes no toleró la actitud. Muchos estadounidenses sintieron que los japoneses nunca valoraron a sus alumnos, Japón siempre estaba primero. Esto desconcertó a los estadounidenses que sentían que el vínculo entre profesor y alumno superaría tales cosas. Tenían la impresión de que los japoneses creían que “los extranjeros no podrían aprender karate”. Los estadounidenses sentían que sus graduaciones reflejaban esto, en comparación a la de sus pares japoneses.

Unos pocos instructores nipones reconocieron este problema temprano. Rápidamente se adaptaron, pero fueron condenados al  ostracismo por sus colegas japoneses. Sin embargo sus programas sobrevivieron y están vigentes hoy en día. Adicionalmente, muchos instructores estadounidenses de la primera generación cayeron en la misma trampa que sus predecesores japoneses. Muchos quisieron ser japoneses e intentaron comportarse como ellos. Resultaron dañinos y extremadamente condescendientes, peor que aquellos sensei japoneses que intentaban emular. Sin el carisma de los japoneses, estos instructores occidentales no duraron mucho, aunque algunos sobrevivieron hasta el día de hoy en completa negación.

Es triste que se haya tenido que llegar a este punto. Si aquellos instructores hubieran hecho un esfuerzo por entender la cultura de los estudiantes estadounidenses, se hubieran evitado varios errores. Si hubieran tenido la confianza y el respeto por sus estudiantes y les hubieran permitido participar de la construcción de la infraestructura de las organizaciones, el problema de la sucesión que experimentan hoy no hubiera surgido.

A mediado de 1980 en la comedia “Gung Ho” (que recomiendo fuertemente mirar), el personaje Hunt Stevenson, interpretado por Michael Keaton, va a Japón a reclutar a una compañía fabricante de autos y llevarla a los Estados Unidos a reabrir una planta similar. La compañía se llamaba Assan Motors Corporation, y en la trama acordaba reabrir la planta estadounidense. La administración era japonesa y la mano de obra estadounidense. La administración implementa los sistemas estrictos de manufactura japonesa, causando una rebelión en los trabajadores locales. Ambas partes se veían ridículas. Eventualmente la situación se volvía insostenible y los estadounidenses renunciaban al trabajo, con lo que los japoneses cerraban la planta. Pero el administrador de la misma, Takahara Kazuhiro, interpretado por Gedde Watanabe, y Hunt Stevenson, creen que la planta puede lograr el objetivo, solo que no exactamente del modo estadounidense o japonés. Se meten ellos mismos en la planta a construir autos para cumplir con una apuesta que habían hecho. Al principio la idea parece ridícula, pero pronto los japoneses y los estadounidenses se unen a estos visionarios en la tarea.

La película termina de un modo divertido y positivo. El mensaje es que el éxito puede lograrse trabajando juntos y mezclando ideas, no empujando a la otra parte a adoptar medidas radicales. Hay una lección para aprender de esta película. Tengo la esperanza de que no sea muy tarde para el Karate japonés estadounidense. Quizás los pocos instructores japoneses que quedan tengan un poco de fe en sus instructores y estudiantes occidentales, permitiéndoles construir una infraestructura de forma que mantenga las técnicas y métodos de entrenamiento tradicionales, mientras que se apoyan en el modo de administración estadounidense. Los occidentales deben encontrarse con los japoneses a mitad de camino.

En conclusión, hubo errores de los dos lados. Los japoneses no entendieron la cultura de Estados Unidos, y los estadounidenses pusieron a estas personas sobre pedestales, el ingrediente perfecto para el desastre. La pregunta es si la grieta existente entre los pioneros japoneses y la comunidad estadounidense de karate puede ser reparada. Hay gente de ambas partes que creen que esto no puede pasar, pero hay otras personas que creen que si. El tiempo dirá.

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